Blog de problemas educativos

TDAH y escuela

Problemas de atención y escuela: recuerdos de un niño

Ángel R. Calvo Rodríguez

Departamento de Psicología Evolutiva

Universidad de Murcia

La solicitud de maestros al orientador del centro para que valoraren alumnos que los mismos maestros ya diagnostican como “hiperactivos” es un hecho relativamente frecuente. Además, es cada vez más habitual que este requerimiento sea realizado por los padres que reclaman un diagnóstico de TDAH para sus hijos: sus hijos tienen un problema.

En estos momentos en los que se busca con ansiedad un diagnostico recuerdo a mi maestro. Don Francisco: alto, ligeramente enjuto, con sienes bordeadas de venas y unos labios finos que sonreían al mirarnos. Recuerdo sus dedos largos y morenos escribiendo problemas en el encerado o anotando nombres de lugares o hechos históricos remotos a los que yo atendía hasta que de pronto todo se desvanecía. Entonces pensaba en el bote que había traído desde casa hasta la escuela dando patadas con mis botas “gorila” de punteras arañadas. ¿Lo habría encontrado algún niño? ¿Se lo habría llevado el barrendero? Ufff…

En esos instantes sentía que el pantalón me apretaba cada vez más y se hacía incómodo permanecer sentado. Me removía en el asiento y solía caerse el lápiz o la libreta al suelo. Don Francisco entonces se acercaba, pasaba su mano fresca por mi cogote y me susurraba: “echa de comer un poco de pienso a las perdices” … De pronto todo tenía sentido; la pizarra seguía llena de palabras enigmáticas, pero yo tenía una tarea clara que hacer: dar de comer a Teca y Peca, mis perdices preferidas.

Al salir al patio miraba hacia arriba buscando nubes; nubes esponjosas y regordetas, estiradas y deshilachadas, nubes bien perfiladas de dibujo de cuento…Respiraba profundamente como si quisiera llenar mis pulmones con todo el aire en el que flotaban y daba de comer rápidamente a Teca y Peca. Me echaba agua fresca en la cara y pasaba a clase sonriendo a Don Francisco como si le anunciará que la misión estaba cumplida.

Los compañeros ahora escribían y hacían otras tareas, entonces Don Francisco se acercaba a mi pupitre o me llevaba junto a la pizarra y siempre me decía: “Mientras estabas fuera he explicado una cosa nueva que es bastante complicada”. Esas palabras hacían que mis pupilas se dilataran más, como si quisiera beberme con los ojos el nuevo y difícil conocimiento.

Don Francisco siempre empezaba a explicar por cosas que yo sabía, justo antes de que la desconexión hubiese aparecido. Usaba pocas palabras que escribía en la pizarra y trazaba líneas rápidas que unían esas ideas. De pronto todo tenía sentido y yo notaba como mi cabeza fijaba esas relaciones y llegaba a aventurar relaciones nuevas. Como si yo mismo fuese creando al tiempo que mi maestro me enseñaba.

Cuando veía mi sonrisa, callaba y dejaba que yo mismo fuese avanzando. Después siempre hacía algún trabajo relacionado con lo que había aprendido y, si no me daba tiempo a terminarlo porque los compañeros hacían trabajos de dibujo o manualidades, me decía que lo terminara en casa.

Durante esas desconexiones Don Francisco nunca me preguntó en qué estaba pensando o si estaba en Babia. Posiblemente porque estaba seguro que no le iba poder responder y menos aún, informarle que Babia era una comarca de León. 

En mi numerosa clase no había niños diferentes. Todos éramos niños y Don Francisco hizo que nos sintiéramos importantes. Tuvimos la suerte de tener un maestro que nos conocía, que sabía lo que pensábamos antes de hacerlo y nunca necesitó estándares de aprendizaje elaborados por tecnócratas que dormitan junto a las esferas de poder y que no entienden lo que dice la sonrisa o la mirada de un niño.



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